HOMILÍA VIERNES SANTO

VIERNES SANTO

Desde la hora sexta la oscuridad cayó sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz ¡Eli, Eli! ¿Lema sabactani?”: esto es, ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”

El momento más terrible de la pasión de Jesús es, ciertamente, cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”

Es una frase de un salmo en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a su Dios su desgracia.

Cristo lo usa, pero en Él tiene un significado contrario. Él revela con esta frase la cercanía íntima con su Padre Dios.

Algunos han querido interpretar esta frase como si Jesús se sintiera abandonado por su Padre;

Si, así fuera, nuestra fe sería un sin sentido.

La vieja pregunta de Job se agudiza hoy más que nunca en este acontecimiento.

Es una pregunta a la que no se puede responder con palabras y con argumentos, porque alcanza una profundidad que no puede medir por sí sola la razón.

Todos aquellos que creen poder dar una respuesta a esta cuestión con palabras e ideas inteligentes, están necesariamente abocados al mismo fracaso que los amigos de Job.

La única solución es aguantar esta pregunta y sufrirla desde la fe con Aquél, y en Aquél que ha sufrido por todos nosotros.

Por ello, lo primero que debemos descubrir es que Jesús con esta frase no afirma la ausencia de Dios, sino que este quejido lo transforma en oración.

Si queremos integrar en el viernes santo de Jesús el viernes santo del siglo XXI, tenemos que integrar el grito angustiado de nuestro mundo en el grito de Jesús en la cruz: cambiarlo en una oración dirigida a ese Dios y Padre que, a pesar de todo, sigue estando cerca.

Por eso, hoy resuena en nuestros oídos ante la pandemia que sufrimos en todo el mundo. Un grito a Dios, pero no caigamos en la tentación de hacerlo un quejido. Sino que imitemos a Cristo y hagamos de estos momentos una oración de confianza a Dios.

Cuando el creyente lo transforma como Cristo en la cruz no como quejido o reclamo sino como oración; precisamente en su sufrimiento descubren a Dios.  Y descubre la fuerza de Dios para vivir ese sufrimiento.

Adorar la cruz significa abrirse a Dios para vivir desde Él las propias cruces de mi vida.

 

No es ninguna casualidad que el hombre más torturado, el que más sufrió – Jesús de Nazaret – haya sido el revelador, mejor dicho, haya sido y sea la revelación misma.

Tomemos en serio estas palabras que nos amonestan precisamente en el viernes santo.

Es cierto que ni necesitamos ni debemos buscarnos el sufrimiento y la angustia nosotros mismos.

Dios en su sabiduría divina, se sirve de los acontecimientos de la cruz en nuestra vida, para convertirlos en momentos de salvación. Por lo tanto, debemos tener siempre presente – no sólo teóricamente, sino en la práctica de nuestra vida – que la cruz es siempre don de Dios para nuestra salvación.

La cruz es el instrumento que aprovecha el Padre – respetando la libertad de los hombres – para revelarnos su amor, para hacernos partícipes de su vida.

También los hombres inventamos continuamente caminos de salvación. Pero todos los partos de la razón humana: todas las filosofías e ideologías, todas los estrategias de este mundo, tienen siempre en común el rechazo de la metodología de la cruz, en cuanto en ellas siempre está presente la convicción de que la salvación pasa a través del poder.

La palabra de Pablo a los corintios es de una enorme actualidad: “Los judíos piden milagros – fuerza poderosa que salve a los hombres – y los griegos buscan sabiduría – la lógica de la razón – nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados -sean judíos o griegos – fuerza de Dios y sabiduría de Dios”.

“Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad divina más fuerte que la fuerza de los hombres” (1Co 01, 22-25).

La verdadera alternativa es la metodología de la cruz. Esta metodología da testimonio exactamente de lo contrario: dice que la salvación total del hombre nace de la debilidad, no del poder, de la derrota, no de la violencia. Así aparece que el hombre no se salva por sí sólo, es Dios quien lo salva.

Este es el desafío que nos lanza el viernes santo

¿Se puede salvar el hombre sin la cruz de Cristo, entendida no sólo como causa sino también como método? Pensemos en esto, hoy, hermanos, ante la cruz de Cristo.

Porque todos nosotros creemos que la cruz, es causa de nuestra salvación, y por eso vamos a adorarla, como instrumento de esa salvación que Dios nos concede.

Pero no creemos que la cruz es, además, para nosotros, método de salvación, y por eso no la aceptamos en nuestra vida, no nos servimos de ella para nuestra salvación, y la rechazamos con todas nuestras fuerzas o nos desesperamos y la estamos maldiciendo continuamente.

 

Por eso, hoy también se nos pide que al adorar la cruz de Cristo adoremos nuestra propia cruz. Que la aceptemos como muestra del amor de Dios a nosotros. Y pidamos a Dios el Espíritu de Jesús para que podamos extender con él y como él voluntariamente los brazos sobre nuestra propia cruz y ofrecerla a Dios como instrumento de salvación para nosotros y para nuestro mundo.

Esas tres cruces es la cruz de todos los hombres de nuestro tiempo.

La cruz del inocente (sin que nosotros hayamos hecho algo para producirlo, pero nos abrimos a Dios para vivirlo desde él); la cruz del arrepentido (cuando nuestras acciones nos han llevado a cargar con la cruz, lo reconocemos y nos arrepentimos, y aprendemos a vivir nuestro dolor desde él en la oración); la cruz del desesperado (cuando hayamos o no hayamos producido el sufrimiento rechazamos a Cristo y no dejamos que él nos guíe, cómo vivir desde él esa cruz).

Nosotros, los cristianos, a través de esta densa tiniebla del viernes santo que, dura hasta el fin de los tiempos, hasta el día de la resurrección universal, hemos recibido ese poderoso rayo de luz de la resurrección de Cristo, que nos hace descubrir el sentido de su cruz y de nuestra cruz.

Si aceptas hoy la cruz de tu vida y al besar ahora la cruz de Cristo besas tu propia cruz como gracia de Dios, también podrás escuchar esta palabra de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Hoy se te puede conceder toda la felicidad que es posible recibir en este mundo.

 

Mons. Calor Briseño Arch, OAR