SÁBADO SANTO: ESPERA PASCUAL

`SILENCIO CARGADO DE ESPERANZA’

Hay acontecimientos en la vida que sólo pueden vivirse en el silencio. Ante ellos toda palabra puede resultar impúdica, porque arriesga con mancillar su solemne grandeza, su infinito misterio. Ningún acontecimiento como la muerte de Cristo en la cruz merece ese admirable, respetuoso y sobrecogedor silencio, cargado de sorpresa, hecho de deuda de amor, de vergüenza de pecado, de bochorno de cruz. El sábado santo es el día del gran silencio de la Iglesia, del gran temblor del corazón del mundo. No porque se desee que Dios calle, sino porque se quiere escuchar su grito con más fuerza. Cristo muerto y resucitado, fecunda las mismas entrañas de la tierra, y «desciende a los infiernos», para hacer surgir de su profundidad la voz y el corazón nuevo que cante la esperanza. Nadie ni nada habrá ya que no pueda amar, reclinándose, tembloroso y gozoso, sobre el silencio de un sepulcro que quedará vacío.

  1. Acontecimiento: desde el silencio del sepulcro

— El sábado santo es un día alitúrgico, ya que en él no se celebra ni la eucaristía ni los sacramentos, y la Iglesia guarda un silencio expectante junto al sepulcro. Así expresa, por una parte, el dolor por la muerte de Cristo y, por otra parte, la esperanza en la resurrección.

— El acontecimiento más destacable de este día junto a la sepultura es «el descenso de Cristo a los infiernos», afirmación de fe que se propaga en el s. IV y es recogida en el símbolo o «credo». La afirmación de la sepultura de Cristo viene a ser como la afirmación de su muerte real. Es significativo al respecto que Marcos (15,45) hable de «cadáver», y que la sepultura pertenezca al contenido más antiguo del kerigma: «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras» (1 Co 15,3-4).

— El descenso de Cristo a los infiernos significa la solidaridad de Cristo con todos los hombres, incluso los muertos. Una solidaridad también requerida como fruto de la muerte, manifestando así la extensión de la redención fundamentalmente concluida en la cruz, pero hecha significativamente extensiva por el descenso.

La necesidad del descenso al Ades no radica en un déficit de la redención de la cruz, sino en la expresión eficaz de la solidaridad última y radical con el hombre en toda situación. Es la última consecuencia de la misión redentora recibida del padre, y cumplida en la muerte y la resurrección. Es la garantía de una resurrección gloriosa. Desde el momento que Cristo es el muerto viviente, los muertos pueden también esperar en la vida: «No temas, soy yo, el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y el Ades» (Apoc 1,17-18).

— Descender a los infiernos es asumir la muerte hasta sus últimas consecuencias, pero también proclamar la esperanza contra toda esperanza. En el que ha sido sepultado se cumplirá lo que se había prometido: «Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra». «Destruid este templo, dice el Señor, y en tres días lo levantaré: él hablaba del templo de su cuerpo».

  1. Celebración: configuración litúrgica

— En la Iglesia primitiva el sábado santo fue un día sin liturgia propia, centrado en la, sepultura de Cristo, y dedicado al ayuno, a la oración silenciosa, a la expectación vigilante. Especial importacia tuvo el ayuno, como parte integrante de la dinámica y experiencia pascual (paso de la tristeza a la alegría), que debía hacer toda la comunidad, especialmente los catecúmenos, y que según algunos Padres debía durar cuarenta horas (Ireneo, Agustín).

— La evolución posterior está muy relacionada con el puesto e importancia de la Vigilia Pascual. Hacia el siglo V se percibe una abreviación de la Vigilia Pascual, que ya no dura toda la noche, sino que termina a media noche. Durante la Edad Media (a partir del s. VIII) la misma Vigilia se traslada primero al sábado por la tarde, al caer el día; después hacia el mediodía; y finalmente a la mañana del mismo sábado. Todo lo cual comportaba la reducción y hasta la casi desaparición del ayuno. Puede afirmarse, en efecto, que «desde el siglo XIV no quedaba ya nada, al menos en la liturgia oficial, del sábado santo, como día silencioso de descanso en el sepulcro»,

— Entretanto (y en gran parte debido a la escasa participación del pueblo en los actos litúrgicos) fueron extendiéndose diversas prácticas extralitúrgicas, tales como la representación de la deposición en el sepulcro depositando en él una cruz; la costumbre de permanecer en oración junto al sepulcro (oración de las cuarenta horas); la representación de los «misterios de Pascua» el sábado por la tarde; la depositación en el sepulcro de una hostia consagrada para la adoración y para el posterior traslado procesional a la Iglesia expresando la resurrección… Hasta la restauración de la liturgia pascual en 1951 puede decirse que «la conmemoración litúrgica del reposo sepulcral de Jesús estuvo completamente absorbida por la anticipación de la Vigilia Pascual».

— La reforma del Vaticano II (Misal, Breviario…) vuelve a centrar el día en los temas principales: reposo sepulcral y descenso a los infiernos. Las únicas celebraciones previstas son las de Laudes y Vísperas, o incluso. podría pensarse en el Oficio de Lectura, debidamente preparados, teniendo en cuenta la comunidad. En cuanto a las celebraciones de religiosidad popular, autentificándolas, pueden mantenerse: la oración junto al sepulcro, la procesión al mismo sepulcro, la vigilancia en el sepulcro… Lo importante será llenar el día de su sentido y misterio propios, en orientación a la Vigilia Pascual.

  1. Expresión: gestos y símbolos

— El ayuno: Es preciso recuperar su puesto y su sentido, como expresión física y espiritual de un proceso pascual, que implica la renuncia, el sacrificio y la muerte a la propia absolutización, para poder llegar así a la vida nueva de resucitados.

— El sepulcro: El sepulcro es el símbolo externo más elocuente de este día. Por eso, no deben ponerse dificultades a una expresión moderada y elocuente. Por él se expresa ese morir del grano fecundo que produce su fruto, ese descender a las profundidades de las entrañas de la tierra para que, cual seno materno, puedan alumbrar la resurrección. Sólo por una muerte que desciende hasta donde están los muertos, puede creerse en la verdad de la resurrección de los muertos.

— La preparación bautismal: En la primitiva Iglesia el sábado santo tenía como uno de sus centros el escrutinio de los elegidos y la preparación inmediata al bautismo por el ayuno, el exorcismo del Effeta, la unción con óleo de los catecúmenos, la renuncia a Satanás y la «devolución» del símbolo. Es cierto que entre nosotros son pocos los bautismos de adultos, y que no siempre puede haber bautismo de niños en la Vigilia Pascual. Con todo, el sábado santo, sobre todo a la tarde, debería ser un momento de preparación a la renovación bautismal de la Vigilia. Por esta renovación el cristiano vuelve a vivir aquel con-morir y con-resucitar bautismal primero, en una inmersión fecunda en el Misterio Pascual.

  1. Vida: misterio

— El sábado santo es un día de religioso y profundo silencio, en el que se contiene tenso el dolor de la muerte y la esperanza de la vida. Ningún silencio guarda tanto misterio como el de este día. Lo mismo que las pías mujeres del Evangelio «estaban allí, ante el sepulcro» (Mt 27,61), así el cristiano debe estar allí con el corazón conmovido, en la serenidad de una paz callada, expectante de esperanza, confiando en las promesas, abierto a la última palabra de Dios sobre el amor aparentemente enterrado: ¡El glorificará al justo para la justicia! El miedo al silencio debe romperse en este día sólo por la respuesta del mismo silencio, que es la Resurrección gloriosa.

— Cristo es hoy verdaderamente el grano de trigo enterrado en las mismas entrañas de la tierra, que producirá un fruto inesperado de vida nueva para toda la humanidad. Los «frutos» que los hombres solemos esperar no proceden precisamente de la «vida entregada», sino de las «vidas conquistadas». Cristo sabe que sólo dando la vida se puede ganar la vida, que sólo muriendo se puede germinar y dar fruto para los demás. Como Buen Pastor ha dado su vida por sus ovejas y, escondido en la sepultura, espera el gran SI de la resurrección, que congrega a cuantos se hallaban dispersos.

— Desde este morir del grano de trigo, la Iglesia proclama hoy su esperanza más profunda en la liberación más radical y plena. La sepultura, el descenso a los infiernos, significa una muerte de resurrección, un fracaso de victoria, que abarca la totalidad radical y universalmente en su dinámica humana y cósmica. Por eso puede proclamar el Apóstol: «Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 8,38-39).

— En este día es preciso destacar, en medio del silencio y la decepción de muchos, la gran esperanza y confianza de María. Ella fue la que verdaderamente creyó y esperó. Por eso se la llama «madre de esperanza». Aquel día estuvo, como concentrada en su corazón, la fe de la Iglesia naciente. Y de su amor callado pudo renacer la capacidad eclesial de amar. Al pie de la cruz, o al borde del sepulcro, María es madre de Cristo y madre de la Iglesia. En ella encontramos la alegría de vivir, la fuerza de esperar, la grandeza de amar. El sábado santo es también el sábado del silencio más fecundo de la historia: el de María.

— María es en verdad nuestra esperanza porque, al darnos a Jesús «esperanza nuestra» (1 Tim 1,1; Col 1,27), nos ha dado la posibilidad de vivir con esperanza, y de esperar esperanzados la plenitud prometida. María es también en este día nuestra solicitud, ya que, al habernos entregado Cristo a ella por medio del discípulo Juan (Mujer, ahí tienes a tu hijo: Jn 19,26), estamos bajo su protección amorosa y materna solicitud, en nuestro apostolado y en nuestra vida entera. María es, de forma especial en este día, nuestra madre y nuestro modelo de vida entregada como colaboración a la misión redentora. Es una entrega bañada hoy de silencio y llanto esperanzado, una entrega de colaboración desde su estar-ahí con el corazón cargado de amor, no sustituyendo sino promoviendo la obra salvadora.

 

Comentario  

BOROBIO, Dionisio,

Celebrar para vivir, Liturgia y sacramentos de la Iglesia

Sígueme, Salamanca 2003