SANTOS.

El culto a los santos empezó sobre todo con el recuerdo de los mártires, a partir ya del protomártir Esteban. Es lógico que una comunidad recuerde a sus difuntos, y de modo especial a los más distinguidos.

De los mártires se conservó la tumba, o sus reliquias, así como las Actas y Pasiones de su martirio. Ya a partir del siglo II se tienen documentos del culto a los mártires, sobre todo en el lugar de su muerte, pero pronto también en otras regiones, si eran conocidos. Luego se empezó poco a poco a venerar en sus lugares propios y en sus aniversarios a santos no mártires: obispos importantes, doctores de la iglesia, santas vírgenes, monjes, etc. Y del culto local  se pasó en algunos casos al universal, por la importancia de la persona o de sus obras. El aprecio de las reliquias, las peregrinaciones a sus tumbas y la lectura creciente de las vidas <<vidas de santos>> han expresado y a la vez alimentado la devoción que el pueblo cristiano ha tenido siempre a sus santos, como personas que han estado más cerca del Maestro y Modelo, Cristo Jesús. A muchos de ellos la iglesia los ha <<canonizado>>, o sea, los ha puesto en el canon o lista de los bienaventurados, declarando con este acto oficial que estas personas están gozando ya de la gloria de Dios y proponiéndolas como modelos de vida evangélica para el pueblo cristiano.

Honrar a los santos significa, ante todo, honrar a Dios Padre, el todo Santo. Las personas pueden ser llamadas <<santas>> en cuanto han sabido imitar, aunque hayan tenido sus debilidades, la santidad de Dios, según el antiguo encargo: <<Sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo>>.

Los santos son el mejor fruto de la Pascua de Cristo Jesús, el <<Santo de Dios>>: han oído su palabra y la han puesto en práctica, han asimilado sus bienaventuranzas y su estilo de vida. Honrar a los santos es celebrar el éxito de Cristo, porque son como signos vivientes suyos en este mundo: <<todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a los santos se dirige, por su propia naturaleza, a Cristo y termina en Él, que es la corona de todos los santos>> <<las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores>> <<al celebrar el tránsito de los santos, proclamamos el misterio pascual cumplido en ellos>>

Los santos son también un don del Espíritu a su iglesia. El Espíritu, llamado por antonomasia <<Santo>>, sigue animando a la comunidad cristiana, llenándola de sus carismas. Unas veces es el Espíritu de la verdad y la sabiduría quien suscita hombres y mujeres llenos de saber; otras, el Espíritu de amor, que les mueve a dedicarse a los pobres y enfermos o la educación; o el Espíritu de la fortaleza, que les da fuerza en el testimonio del martirio. Los santos son frutos de la presencia animadora del Espíritu a la humanidad.

Finalmente, los santos son también la gloria y el modelo de la comunidad eclesial. Su existencia, cercana o lejana en el tiempo y en la geografía, honra a toda la comunidad. Le muestran que es posible vivir el Evangelio de Cristo.