HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL

VIGILIA PASCUAL

HOMILÍA 2020

Queridos amigos

Después de contemplar el amor de Dios hacia nosotros el jueves santo y  de haber meditado la entrega tan profunda de su amor en la cruz, hasta dar su vida por nosotros. Este día vivimos existencialmente las consecuencias de ese amor y esa entrega.

Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a la vida. Por eso creemos y tenemos esperanza e intentamos vivir como cristianos. Nosotros no seguimos una doctrina, o un libro, ni estamos celebrando aniversario de un hecho pasado. Celebramos y seguimos a Cristo Jesús invisible pero presente en medio de nosotros como Señor Resucitado.

Queremos imitar la actitud de las santas mujeres que con fe  buscan al Señor, que quedó muerto el viernes santo. Como ellas, no nos planteamos cómo se va a mover la piedra para encontrar a Jesús. Y estamos deseosos de escuchar lo que escucharon ellas por boca de un ángel vestido de blanco: “No teman. Ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí. Ha resucitado. Miren el sitio donde lo pusieron”.

Y ese sepulcro vacío que el ángel señala a las mujeres, es para nosotros la señal perentoria e irrecusable de la victoria definitiva de Cristo sobre todos sus enemigos. Hemos de cavar bien hondo para ver todo el alcance del triunfo pascual y del júbilo de la Iglesia a causa del Resucitado.

Mediante su resurrección Cristo consigue una formidable victoria sobre Satanás, el pecado y la muerte, que reinaban en el mundo desde la caída de nuestros primeros padres.

Acordémonos de lo que ocurrió en el Paraíso. Satanás tienta al hombre al pecado y en el momento en que se consuma la desobediencia, la muerte es la herencia del hombre. El reinado del mal quedó establecido definitivamente el día de la caída bajo la triple tiranía de Satanás, del pecado y de la muerte.

Pues bien, la resurrección de Cristo es, en primer lugar, la victoria sobre la muerte. Jesús estuvo en el sepulcro, pero no se quedó allí. Cristo salió vencedor en el tremendo duelo entre la Muerte y la Vida. “Lucharon vida y muerte – en singular batalla – y, muerto el que es Vida – triunfante se levanta”

Desde la resurrección de Cristo, la muerte – el terrible enemigo de la felicidad de los hombres – no es un estado permanente sino una condición pasajera. Una puerta de entrada a la Vida. La resurrección de Cristo significa que la muerte fue derrotada; más aún, que la muerte fue condenada a muerte. Leamos el capítulo 15 de la primera carta de san Pablo a los corintios, donde el apóstol habla de la resurrección de los muertos como una consecuencia lógica de la resurrección de Cristo y termina con esta exclamación triunfal:

“Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (/1Co/15/54-55).

La resurrección de Cristo es también la victoria sobre aquel poder que precipitó en la muerte a la humanidad: el pecado. El pecado abrió las puertas a la muerte, y la muerte no es otra cosa sino el reflejo de lo que pasó en el interior del hombre cuando éste concedió el poder sobre su corazón al pecado: la muerte de la vida divina en su alma. Pues bien, este poder del pecado está quebrantado en lo más profundo gracias al poder de la vida divina de la gracia en el Resucitado.

Como dice Santo Tomás: “Cristo nos ha libertado del pecado causalmente, en el sentido de haber instituido la causa de nuestra liberación, por la cual puede perdonarse cualquiera clase de pecado pasado, presente y futuro, como si un médico preparase una medicina para curar todo género de enfermedades, aun las futuras”. Jesús ha dejado en su Iglesia los medios suficientes para que podamos liberarnos de la esclavitud del pecado. Son los Sacramentos. Bautismo, Penitencia y Eucaristía. Se llaman sacramentos pascuales porque nos libran de la muerte espiritual y nos alimentan con el pan de Vida eterna.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (/Jn/06/54).

Y por último, la resurrección de Cristo es la victoria sobre aquél que trajo el pecado y la muerte a la humanidad: Satanás. El poder del demonio está quebrantado, y si el mal espíritu se muestra aún activo en el mundo, sus andanzas – como dice san Ignacio de Loyola – son las del caudillo de un ejército derrotado y en plena retirada. Satanás todavía está lleno de un odio rabioso a Cristo Jesús, que lo derrotó en su muerte, y ahora hace la guerra a los cristianos, aun estando derrotado y en retirada. Pero no tiene el mínimo poder sobre los que son de Cristo y están libres de pecado. El poder del diablo sobre el hombre es únicamente el poder que el hombre mismo le concede. Está amarrado por la fuerza de Cristo resucitado y no muerde sino a quien se le acerca. Dice san  Juan Crisóstomo: (¡Qué tonto es el hombre a quien muerde un perro atado!).

Esta victoria de Cristo es la suprema gloria de la Iglesia; los cristianos somos vencedores solamente por la victoria de Cristo.

Yo pediría a muchos de ustedes, que por la gracia de Cristo resucitado, salgan del sepulcro de vuestros pecados y resuciten con Cristo a la vida de la gracia. Y acepten esa victoria que hoy Cristo resucitado les ofrece. Victoria sobre la muerte, Victoria sobre el pecado y victoria sobre el demonio.

Hermanos hoy les pediría que dejen el sepulcro de su rutina y busquen con más deseo, con más sinceridad a este Jesús, el Salvador, que mediante su resurrección, se ha hecho contemporáneo de todos nosotros.

Que el Señor nos ilumine para que sepamos abrirnos a esa Resurrección que el Señor nos ofrece.

 

¡FELICES PASCUAS!