LA NATIVIDAD DE MARÍA

8 de septiembre del 2020

Amados hermanos.

Hoy, estamos celebrando la Fiesta de la Natividad de la Virgen María. Y es una fiesta que nos llena a todos de alegría y de agradecimiento a Dios.

A Dios porque nos ha dado a su Madre que intercede por nosotros, y no solo para nosotros, porque su vida se convierte para nosotros en un ícono o bien un espejo donde podemos nosotros reflejarnos, un camino que podemos seguir, ya que ella es la primera criatura, no solamente salvada, sino glorificada por Dios.

Por eso, están importante Nuestra Madre del Cielo, porque ella nos muestra el camino hacia Jesús, ella nos lleva de la mano hacia Jesús.

Hoy, le damos gracias al Señor, por el don que nos ha regalado con su madre. Pero también le damos gracias a la Virgen hoy, por mostrarnos a su Hijo, por haber dicho ese “sí” a Dios, y que gracias a ese “sí” el poderoso ha hecho obras grandes en ella. Dios ha puesto su morada, no solamente en ella, sino en todos los hombres.

En ese “sí” por el cual admitió que naciera en su seno el Salvador, pero antes de nacer en su seno, nació en su corazón.

También nosotros estamos llamados a imitar a Nuestra Madre, a decir ese “sí” a Dios para que nazca en nuestro corazón.

Hoy san Pablo en la primera lectura nos decía,  los que aman a Dios – como la Virgen – todo les sirve para su bien.

Nosotros, si decimos ese “Sí”, estamos amando a Dios. Si le decimos “sí” al Señor, estamos amando a Dios. Y todo lo que hagamos, si dejamos que Dios habite en nosotros, todo lo que hagamos el día de hoy, todos los días de nuestra vida, servirá para nuestro bien. Porque Dios nos llama a cumplir una misión, y cuando seguimos sus huellas, todo es para nuestro bien.

Sabemos que la vida de la Virgen no fue una vida de rosas, sino una vida que tuvo muchas dificultades, pero todo lo encaminó hacia el bien, porque Dios nos predestinó para ser sus hijos, nos llamó y Él es el que nos justifica, nos da la gloria, es decir, la felicidad; no una felicidad caduca que solo dura unos años, sino la felicidad eterna.

Encomendémonos hoy a Dios de una forma especial. Demos gracias por tantas maravillas que Dios ha hecho en nuestras vidas. Cada día de nuestras vidas es un regalo de Dios, una oportunidad que Dios nos da para amar, para dar lo mejor de nosotros a los demás. No desperdiciemos ni un segundo de nuestra vida para darnos a los demás, siempre hay cosas buenas que podemos dar.

Imitemos a Nuestra Madre, ella supo darnos lo mejor de ella, que era a su Hijo. Tratemos de imitarla compartiendo a ese Dios con nosotros, a ese Emmanuel, a nuestros hermanos, compartiendo ese amor que Dios nos da.

Que el Señor nos permita siempre vivir a imagen de María, diciéndole el “sí” constante al Señor.

Que así sea.