LA SANTIDAD EN EL SIGLO XXI

Desde tiempos muy remotos de los inicios del cristianismo, la Iglesia celebra a todos los santos. Celebración que en el siglo VII se estableció el día 1º de noviembre. Pero más recientemente se ha convertido en el umbral para vivir en el mismo mes un tiempo dedicado a la santidad, es decir, un tiempo para reflexionar sobre el llamado primordial de nuestra vida cristiana: ser santos.

Y… ¿Qué es la santidad? Muchas veces, al escuchar hablar de santidad podemos creer que se trata solamente de algún calificativo o cualidad moral que deriva de hacer cosas buenas, o bien, considerar que se trata de algo que solo ciertas personas pueden tener por su cercanía con lo sagrado yendo a la “iglesia”, y en esta misma línea, hacer cosas buenas dentro de ella solamente, o más aún, pensar que consiste en una vida pura donde, por consiguiente, la mayoría de las personas están incapacitados por su propia historia de vida.

En todas estas situaciones subyace una reducción de lo que la santidad significa. Ella es el estilo de vida del creyente en Cristo, y en cuanto tal, su mismo modelo. Como dice el papa Francisco: “es un ofrecimiento de la propia vida por los demás, sostenido hasta la muerte” (Gaudete et Exultate #5). Aunque la santidad tiene mucho de voluntad y esfuerzo, ésta no es posible si no es por la gracia de Dios otorgada en Cristo desde el Bautismo. En efecto, el misterio de la Encarnación nos ha hecho capaces de la santidad de Dios, y Cristo, con su vida y su muerte en cruz, ha dado ejemplo de la cómo vivir la santidad. Así, acudiendo a los sacramentos, a la oración, y practicando los pequeños sacrificios cotidianos nos hallamos en vías de la santidad. Esta misma santidad la predicó Jesús para todos en las Bienaventuranzas del Evangelio (Mt 5, 3-12).

Además, porque la santidad es un llamado para todos, no cabe pensar en que el pecador no tiene parte en la vida de santidad. Jesús mismo afirmo “no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2,17). Lo que sí implica es que se realice una conversión a Dios y se viva la perfección del amor. Todos los cristianos estamos en tensión sobre esa doble condición, por eso es necesario reafirmar cada día la santidad.

Ahora bien, ¿esto en qué beneficia hoy en día? Estas descripciones no parecen muy atractivas para ser asumidas en el hombre y la mujer contemporáneos que buscan más bien el propio bienestar. No obstante, cabe reafirmar que, sin lugar a dudas, la santidad es el mayor Bien que el ser humano puede alcanzar. La santidad es su realización plena como persona, porque le hace verdaderamente libre al vivir según la Buena Nueva, y llena su vida de sentido y alegría puesto que “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hc 20,35). Claramente, la santidad no está exenta de obstáculos y ridiculizaciones por algunos sectores sociales, pero es aquí donde resuena con más ahínco la voz del Maestro de nadar contracorriente “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,24). Más aún, como afirma asimismo el Concilio Vaticano II: “esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano” (LG 40).

Precisamente, ya que la santidad alcanza a la sociedad en general, debemos pensar en ella con una dimensión pluriforme, es decir, que se puede expresar en cualquier ámbito vital del cristiano. El papa Francisco dice al respecto: “todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (GE 14). En la familia, en el trabajo, en los momentos recreativos, todos son espacios importantes que se pueden aprovechar para vivir la santidad. Recordemos siempre que la belleza de la santidad se refleja sobretodo en la vida bajo el signo del amor.

Semi José Miguel Rivera Sánchez